Stephen Glass debió pensar que la responsabilidad periodística no es relevante. Durante el tiempo que trabajó para The New Republic se inventó 27 de los 41 artículos que publicó en dicha revista. Al menos, la lealtad al ciudadano le importó bien poco porque no cumplió con el criterio de veracidad informativa.

Aunque hay que reconocer que para ser un mentiroso compulsivo, se lo montaba bastante bien. Cada vez que presentaba un tema en la mesa de redacción, llevaba su libreta con las notas que había tomado entrevistando a la supuesta fuente. Porque sí, se inventaba hasta las fuentes. Aunque en la prólogo de la película que recoge su historia, El precio de la verdad, afirme que hay periodistas “fantasmas, fanfarrones e imbéciles”.
La publicación del artículo Hack Heaven abrió el camino para descubrir la verdad. El periodista de Forbes Digital, Adam Penenberg, empezó a investigar sobre las fuentes, lugares y hechos citados en dicho artículo y descubrió que casi todo lo que se contaba era falso. El principal problema que se encontraron los directores de The New Republic es que no podían contrastar las fuentes de Glass. Sólo tenían las notas que él presentaba como verídicas, como reales, y tenían que creer en su ética periodística. Un director no puede confiar en las anotaciones de su redactor exclusivamente si hay evidencias de que ha mentido. Debe haber alguna prueba fidedigna – una fotografía del personaje, por ejemplo – para esa confianza. Porque sin rigor informativo esos reportajes carecen de ningún valor social.
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